La otra Charlene

Principado de Mónaco

Nos la han vendido como una campeona de la natación, sin esqueletos en el armario, dócil y con el mismo rostro angelical que Grace Kelly. Pero la verdadera Charlene Wittstock tiene un pasado, hace tiempo que cambió las piscinas de Durban por las boutiques de París, y por si alguien cree que será un florero, sepan que planea cambiar hasta la decoración de palacio.

A poco más de 48 horas de comienzar los fastos del matrimonio de Alberto de Mónaco y Charlene Wittstock, el periódico francés L’Express lanzaba una bomba en su web el martes 28 de junio. Su ya Alteza Serenísima la princesa Charlene habría huido de palacio días antes tras conocer el enésimo escándalo del afamado playboy aristocrático: el hecho de que tiene otro hijo ilegítimo y/o que está esperando un nuevo vástago.

Según el periódico, la policía, avisada por palacio, consiguió alcanzarla en el aeropuerto de Niza, donde se supone que pretendía coger un avión rumbo a Sudáfrica sin fecha de vuelta. Habría hecho falta la persuasión de uno de los patriarcas más influyentes del Principado, así como la confiscación del pasaporte, para que diese marcha atrás y continuase con el show previsto.

De ser cierto los rumores, a estas alturas a nadie le sorprendería que Alberto tuviera otro hijo ilegítimo, pues ha reconocido a dos en los últimos cinco años; pero sí llama la atención la supuesta reacción de Charlene, a la que muchos ven como una muchacha dócil y comedida incapaz de tamaña reacción.

Esto se debe a la imagen que la Casa Real ha vendido de la primera dama desde que aterrizó en el pequeño estado rocoso. Pese a que los Grimaldi compiten con los Windsor en escándalos, a Alberto le gusta controlar su imagen y es sabido que incluso Carolina tiene un paparazzi a sueldo para salir estupenda en las fotos robadas.  Charlene, por el puesto que ocupa, también ha sufrido las redes del marketing. A Palacio le interesa una nueva primera dama que actúe como un jarrón chino, es decir, “una mujer guapa e impecable, pero vacía, de plástico, sin personalidad”, que así es como la ve el experto en realeza español Ricardo Mateos.

Incluso su primera aparición con el soberano – en los juegos Olímpicos de Invierno en 2006 – fue un montaje explica Alain Perceval, autor galo de Alberto y Charlene. “No fueron fotos al azar o robadas, estaba planeado. Que la cabeza de Charlene reposara sobre su hombro fue la manera de formalizar su relación y de que supiéramos que iban en serio”.

Con la información ocurre lo mismo. Poco se sabe de su vida, a pesar de haber concedido numerosas declaraciones recientemente. “Esas entrevistas nunca dicen nada porque son pactadas, están super preparadas y su objetivo es no desvelar nada”, argumenta Mateos. Lo cierto es que siempre hablan de lo mismo: de su época como nadadora, de su interés por las causas humanitarias y de su admiración hacia personajes como Nelson Mandela. Una imagen edulcorada que remata la biografía que la Casa del Príncipe ha colgado en la web y en la que destaca su interés por el surf, la escalada, el arte contemporáneo y la “poesía étnica sudafricana”. Su familia, amigos y conocidos la definen, por supuesto, como una buena chica con un alma pura. Vamos, una princesa hecha a medida.

Pero la vida de Charlene no se reduce a estos cuatro datos, quiera o no palacio.

Aunque se la considera sudafricana, Charlene Wittstock nació en realidad en la antigua Rodesia del Sur (hoy Zimbabwe) en el año 1978 y en la ciudad de Bulawayo, cuna natal también de Chelsy Davy, la intermitente novia del príncipe Harry de Inglaterra. Su familia paterna, de origen alemán y según algunos historiadores con un pasado pirata – al igual que los Grimaldi – marchó al continente africano en busca de fortuna a mediados del siglo XIX. A finales de los 80, tras la guerra de independencia – su padre acudió al frente – se mudaron a Sudáfrica, en concreto a Benoni, un enclave blanco con otra ilustre vecina, Charlize Theron.

Puesto que la madre de Charlene, Lynette, había sido buceadora profesional y más tarde entrenadora de natación, es lógico que a los tres años su hija ya supiera nadar. El deporte siempre ha sido muy importante en la familia Wittstock, compuesta por sus padres, ella y dos hermanos menores: Gareth, técnico informático, y Sean, comercial.

Su madre, con la que está muy unida, vio que su hija tenía cualidades para la natación. Empezó a competir a los ocho años y a los 16 abandonó los estudios para labrarse una carrera, logrando destacados méritos como el campeonato de Sudáfrica de 1996, tres medallas de oro en el Campeonato del Mundo de 2002 y un quinto puesto en las Olimpiadas de Atenas.

Siempre ha sabido lo que quería y ha luchado duro para conseguirlo, aunque eso implicara levantarse a las cuatro de la mañana durante años. “Mi sueño era competir en los Juegos Olímpicos algún día. Alcanzarlo, necesitaba disciplina y determinación. Después de años de perseverancia y resistencia, finalmente conseguí mis metas”, dijo a Madame Le Figaro recientemente. Su padre, comercial de una marca de fotocopiadoras, dice que le viene de nacimiento. “Nació prematura y tuvo que pasar un tiempo en la incubadora. Las enfermeras me decían: ‘Tu hija es muy fuerte’. Y eso es lo que siempre ha sido: una chica con una gran fuerza de voluntad”, contó al Paris Match.

¿Y cómo una deportista africana llega al trono monegasco? Primero, yendo hasta el Principiado. Charlene participó en el año 2000 en el campeonato Mare Nostrum y la victoria le valió un ramo de flores por parte del todavía heredero. Hasta entonces no sabía ni que él existía. Volvió a repetir la hazaña en 2001 pero esta vez Alberto, 20 años menor que ella, “pidió permiso a mi manager para pedirme una cita”, ha contado a Vogue. Y siguiendo el manual del buen seductor aristocrático bailaron en una discoteca, recorrieron el Principado con un Rolls-Royce y bebieron champaña desde la terraza de su departamento. “Fue muy halagador”.

Según Perceval, la pareja se vio esporádicamente en Sudáfrica los siguientes años, pero ella dice que se reencontraron en Ciudad del Cabo en diciembre de 2005 a través de un amigo en común. “En Año Nuevo me pidió salir oficialmente”. Eso sí, dice que llevaba enamorada de él desde su cita de 2001. “Sentí que era el destino. Supe que era el hombre de mi vida”. Pero la relación no avanzó entonces porque en esos momentos “estaba centrada en el deporte y no estaba en situación de tener una relación”.

Una versión ideal para vender la imagen de una Charlene sin pasado sentimental, un tema siempre espinoso para las Casas Reales. Pero esta imagen, una vez más, no es cierta. En 2002 empezó una relación con el conocido jugador de rugby sudafricano André Snyman. La suya fue una historia seria, de la que hay fotos juntos, que habría terminado un par de años después. También  hay nadadores en su currículum. En concreto el sueco Lars Froland, el británico Robin Francis y el italiano Massimiliano Rosolino, quien habría sido su última pareja antes de Alberto.

El nuevo matrimonio se comprometió en junio del año pasado. Él dice que ha esperado medio siglo porque quería encontrar primero a la mujer de su vida, y ella asegura estar viviendo un sueño porque “cualquier mujer que tenga la suerte de ser amada por el hombre al que quiere vive un cuento de hadas. Y el matrimonio es la culminación de este cuento”, dijo a Madame Le Figaro.

Pero a pesar de sus muestras de amor, Charlene está bajo sospecha de ser la elegida. A nadie se le escapa el hecho de que Mónaco necesitaba una nueva primera dama por derecho propio y, por otra parte, Alberto vive rodeado eternamente de rumores de playboy y homosexualidad. Necesitaba una esposa. Pequeños detalles como que el enlace contase con patrocinadores (Mont Blanc, BMW, Lexus y Perrier-Joüet) no hace más que acentuar la creencia de que estamos ante un espectáculo orquestado.

Quien más claro lo tiene es Ricardo Mateos, autor del libro Nobleza Obliga. “Mónaco necesita esta clase de bodas porque vive de eso, y Alberto y Charlene se ven tan de plástico… No digo que no haya cariño entre ellos, pero… Y con todas las mujeres con las que se ha relacionado – Claudia Schiffer, Tasha de Vasconcelos, Brooke Shields, Angie Everhart, etc. – ¿en serio no se ha enamorado nunca hasta los 52 años?”, se pregunta escéptico, dudando también de que las relaciones con estas últimas mujeres hayan realmente existido.

Philippe Delorme, periodista de Point de Vue,  opina que, más que esperar a la mujer de su vida, pasa que Alberto no quería abandonar su soltería. “En cuanto a los verdaderos sentimientos de Charlene, ¿quién sabe? Yo creo que fue seducida. Ya sabes, todas las chicas sueñan con un príncipe azul”, cuenta a CARAS.

Alain Perceval, en cambio, defiende al soberano. “Si hubiera estado coaccionado, se habría casado con una joven de familia noble hace años”, declaró en una entrevista en la televisión francesa.

El conocido comentarista real británico Richard Fitzwilliams duda a la pregunta de CARAS. “Hombre, él ha dicho que no tenía prisa por casarse, pero no que no quisiera hacerlo”.

En lo que sí coinciden todos es en que el Principado necesitaba una nueva Grace, “y en eso Charlene es perfecta para este casting”, nos dice Delorme, autor de Charlene y las otras damas de Mónaco. “Cuando tenía 15 años Alberto ya dijo ‘la mujer que me case será como mi madre” y es cierto que Charlene evoca a Grace: mismo pelo rubio, mismo estilo, anglosajona…”.

A Matías tampoco se le escapa que sea sudafricana. “¿Qué mejor que alguien de fuera de Europa, y de un lugar tan alejado? De ese modo entra a palacio sin conocer los escándalos de los Grimaldi”, pues cualquiera que conozca su historia se echaría atrás ante el miedo a sufrir la maldición que persigue a la familia desde la muerte de la norteamericana.

La nueva Charlene

Sus inicios en el Principado no fueron fáciles. Oficialmente abandonó la natación en 2007 por culpa de una lesión en el hombro, esfumándose su sueño de participar en las Olimpiadas de Pekín de 2008.

Para entonces ya vivía en un apartamento en Montecarlo. No sabía ni una palabra de francés – asistió a clases en un centro de inmersión lingüística aunque todavía no lo habla con fluidez – y añoraba su salvaje África. Sencillamente, Mónaco no tenía nada que ver con su mundo anterior y le costó adaptarse a la cultura, a la gente y a la comida, ha reconocido. Pero lo más duro fue soportar la “soledad y los celos que implicaba ser la novia de Alberto. A veces era abrumador”. Además, “trataba de complacer a mucha gente y sentía que me perdía a mí misma”, confesó a Vogue.

Poco a poco empezó a transformarse. Aprendió el protocolo,  se convirtió al catolicismo – su familia es protestante -, suavizó su voluminosa musculatura de nadadora y empezó a absorber el estilo de vida de una familia real más cerca de las celebrities que del rancio abolengo europeo.

Terminado el proceso, esta antigua sirena olímpica se mueve ahora como pez en el agua en las zonas más VIP del planeta. Su lugar preferido es el salón de belleza neoyorquino Warren-Tricomi, en el Hotel Plaza; celebró su despedida de soltera en el exclusivo Cipriani, también en Manhattan; y si al principio dice que sólo tenía dos amigos en Mónaco, ahora sus nuevas amistades incluyen a la modelo Carolina Kurkova, la diseñadora Stella McCartney o Michel Berg, el hijo del gurú de la Cienciología. ¿Y qué ha pasado con la morriña? “No me olvido, por supuesto, de mi juventud en Sudáfrica, pero ahora tengo mis prioridades personales”, ha dicho sobre su nueva vida a Madame Le Figaro.

Su mayor cambio se aprecia en el armario. A la antigua Charlene lo único que le interesaba era “el último modelo de traje de neopreno que le permitiese ganar un segundo en la piscina”. Tras unos primeros tropiezos en la alfombra roja, llegó Armani, autor de su vestido de novia, artífice de su nueva imagen y, por supuesto, amigo íntimo. “Encontrar mi estilo ha sido, con diferencia, el mayor reto. Pero ahora he llegado al punto en el que sé lo que me gusta y lo que funciona y estoy comenzando a jugar con estilismos más frescos y atrevidos”, dijo a Vogue. El cambio es tal que ha pasado de ser un chicazo, como la define su padre, a querer celebrar una Semana de la Moda en Mónaco. “Quiero que sea una de las capitales mundiales de la moda”, dijo a la revista de Anna Wintour. “Grace Kelly forjó un vínculo entre Mónaco y el mundo del cine, y a mí me gustaría hacerlo con la moda”. Eso sí, dice que no hace falta ser “una esclava de la moda para ser feliz o sentirse realizada”.

¿Y qué pasa con sus cuñadas, la altiva Carolina y la rebelde Estefanía? ¿Se la han zampado viva? Parece ser que no; al contrario. “Siempre me han apoyado y han sido muy amables conmigo”. Claro que ella se hace querer diciendo que admira las labores humanitarias de las dos hermanas y su papel de madres. Una prueba de que Carolina ha dado su consentimiento es el hecho de que Karl Lagerfeld, íntimo suyo, haya acogido a Charlene bajo sus alas. A Carolina – la primera dama desde la muerte de su madre – no le importa cederle el protagonismo a su cuñada ya que, según el periódico El Mundo, tiene ganas de jubilarse. Estefanía por su parte ha dicho: “No podría haber pedido una cuñada mejor”, declaró a Le Parisien.

Una primera dama esperada

Como toda princesa consorte que se precie, Charlene destinará sus esfuerzos a las causas solidarias. De hecho ya ha sido nombrada Embajadora de las Olimpiadas Paralímpicas – recordemos que Alberto pertenece al Comité Olímpico Internacional -. También deberá proporcionar un heredero legítimo, pues los hijos bastardos de Alberto no pueden acceder al trono. Sobre si conoce a Jasmin Grace, de 14 años, y a Alexandre, de 8, opacidad absoluta dentro y fuera de palacio.

Pero si cara al público debe cumplir con su papel, de puertas adentro quiere tomar las riendas. Para empezar, ya ha eliminado del menú el tradicional foie pues está en contra del maltrato animal. También quiere sacudir el polvo de palacio: “Quiero hacer grandes cambios para modernizar las habitaciones”.

Pero su mayor reto no será cambiar el papel de las paredes o cortar la cinta de una inauguración. Charlene debe afrontar dos misiones: la primera, sobrevivir a Grace, y la segunda convertirse en la nueva Grace. Parece una paradoja pero no lo es.

Charlene sucede a la esposa de Raniero y a Carolina, ambas dos iconos universales. Las comparaciones por tanto van a ser tremendas. Pero además Charlene tiene el hándicap de parecerse físicamente a la actriz de Hollywood, de manera que si no encuentra un estilo propio, corre el riesgo de convertirse en una  ‘Grace dos’ eternamente. “Debe exorcizar su fantasma para que esto no ocurra”, advierte Delorme.

A raíz del compromiso, muchos son los que ven un parecido aún más grande entre la nueva princesa y la anterior, sobre todo en el estilo. Ella niega que sea a propósito. “Nunca intentaría parecerme a ella porque no sería natural. Soy rubia y tengo ojos azules, no hay mucho que yo pueda hacer al respecto”, ha dicho a Hola.

Sabe que va a recibir críticas. “Voy a llevarlo con calma y con cuidado”, asumió en la cadena alemana ZDF. “No nací princesa ni en Europa, pero lo haré lo mejor que pueda. Tendré mis momentos buenos y malos”, añadió en Hola, confiando en que lo aprendido en su carrera profesional le ayude en esta nueva misión.

Los expertos opinan que lo conseguirá. “Parece una primera dama buena, sobre todo porque la familia real de Mónaco es tan disfuncional… Mientras tenga una relación estable con Alberto, lo logrará”, dice Fitzwilliams. “Ya ha demostrado su habilidad y su diplomacia al ser aceptada por las dos hermanas terrible del príncipe”, lo cual es su primer paso, dice Delorme.

Por otra parte, de igual modo que Grace supuso un revulsivo para el Principado tras su enlace con Raniero, los monegascos y palacio tienen las esperanzas de que la nueva primera dama obre el mismo milagro, ahora que el hormigón y los turistas de los casinos han echado atrás a los millonarios, que prefieren sitios más exclusivos como el vecino Cap-Ferrat.

Según Delorme, sólo con el matrimonio ya basta. “Mónaco necesitaba abrir un nuevo capítulo de su cuento de hadas. La llegada de Charlene impulsará la ‘máquina de ensueño”. Veremos si es suficiente. La noticia de una novia a la fuga ha mermado el ánimo de los monegascos, que ven cómo la maldición planea de nuevo.