“Diana era un personaje incómodo”

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Monarquía / Monarquía británica

Concha Calleja es periodista, investigadora, criminóloga e historiadora. Con este bagaje a cuestas lleva más de una década reuniendo testimonios y documentos que confirman la teoría del complot que pesa sobre la muerte de Diana de Gales. Porque la causa de su fallecimiento es uno de los grandes enigmas del siglo XIX. ¿Asesinato o accidente?

Su investigación “periodística” – matiza – no le permite señalar a nadie, pero “sí que me atrevo a decir que no fue un accidente”. En su nuevo libro Diana, réquiem por una mentira, explica el motivo a golpe de pruebas y declaraciones.

Todo empezó cuando la periodista española pidió una entrevista a Mohamed Al-Fayed para un especial televisivo con motivo del décimo aniversario de la muerte de la princesa. Tras su encuentro con el padre del que fue su última pareja, Dodi-Al Fayed, Calleja tuvo acceso a documentos que merecían más atención que unos simples minutos en pantalla. De ahí salió el libro Diana de Gales: me van a asesinar, del que CARAS dio cuenta en su día.

Lo publicó antes de concluir la investigación de la Corte Suprema británica, la cual se cerró en 2008 de la misma manera que lo habían hecho años antes las de Scotland Yard y la policía francesa: el coche en el que viajaba Diana se estrelló en un túnel de París a causa de la embriaguez del chofer, Henry Paul, quien murió en el acto.

Conclusiones que, lejos de poner fin a los rumores, aún les dieron más pábulo. “Los informes del juicio reconocen que aquella noche no funcionaba ninguna cámara de seguridad, semáforos ni radares en la ruta entre el hotel Ritz y la casa de Dodi. Ni siquiera en los bancos de los alrededores. Pero los informes no saben responder por qué”.

Estos enigmas llevaron a la periodista a la escritura de este segundo libro en el que aporta mucha de la información que fue robada durante la investigación policial francesa y a la que Al-Fayed tuvo acceso antes de los hurtos.

Calleja da a conocer que el cuerpo de la princesa fue incinerado al día siguiente de su muerte. Y que el ataúd que recorrió trece kilómetros por las calles de Londres una semana después, seguido por sus hijos, estaba vacío. Los príncipes William y Harry, que entonces tenían 15 y 12 años, lo ignoraban.

Sus restos tampoco reposan en el memorial ubicado en uno de los lagos de la mansión familiar de los Spencer. Están en la cripta de la iglesia de Santa María la Virgen, donde yacen veinte generaciones de la estirpe. “La cripta no se puede abrir si no muere nadie. La última vez había sido en 1992, con la muerte de su padre, pero el 1 de septiembre se abrió y el 4 se volvió a cerrar. Hay un documento con sello de la iglesia que lo atestigua”.

Al-Fayed, un empresario egipcio asentado en Londres, siempre sostuvo que Diana y Dodi fueron víctimas de un complot de los poderes del Estado británico, liderado por el príncipe Felipe de Edimburgo, el marido de la Reina. Según el entonces propietario de los almacenes Harrod’s, el motivo era impedir que el futuro heredero de la Corona tuviese un hermanastro musulmán.

Calleja, que ha realizado muchas otras entrevistas durante estos años, discrepa. Dodi no fue el primer amor de la princesa en seguir esta fe, y, en todo caso, su relación no había hecho más que empezar.

Las pruebas de la periodista se sustentan en los propios miedos que la princesa de Gales expresó en los últimos años. Como en una carta manuscrita en la que escribió: «Mi marido está planeando un accidente con mi coche. Una avería en los frenos y graves heridas en la cabeza para dejar el camino libre». De hecho, las acusaciones de Al-Fayed en contra del marido de Isabel II provienen de Diana, quien le habría dicho: «Si me pasa algo, puedes estar seguro de que el príncipe Felipe, ayudado por la inteligencia británica, es el culpable».

En otra confesión que la princesa le hizo a Al-Fayed podría estar la clave del supuesto complot: «Creo que soy un personaje incómodo».

“Sí, era un personaje incómodo”, sentencia Calleja. “Incómodo para la monarquía y para el Establishment, y no sólo el británico. Y ella era consciente de que estaba haciendo cosas que iban en contra de ello”.

Pregunta. ¿Qué cosas?

Respuesta. Su gran venganza fue hacerle sombra a la familia real. Eso es muy gordo para ellos porque no quieren que nadie destaque. Se lo dijeron cuando se estaba preparando para ser princesa, de modo que al principio le angustiaba que la gente sólo quisiera saludarla a ella. Pero al separarse, consciente de su poder mediático, ella mismo empezó a jugar con él y fue la primera en llamar a los medios para comunicar sus pasos. Visitar a enfermos de SIDA o a la madre Teresa de Calcuta no era un problema, pero sí involucrarse en las minas antipersona y planear un viaje a Israel para defender la causa.

Calleja también cuenta con la declaración de un miembro del MI5 (el Servicio de Seguridad británico) el cual le confesó que el accidente de coche se diseñó de la misma forma en que se planeaba a asesinar a Slobodan Milosevic, ex presidente de Serbia.

En este caso, ¿en qué punto queda Henry Paul? ¿Acaso era un kamikaze? “Era el jefe de seguridad del Ritz. Se dejaba sobornar por los paparazzis para que les avisara cuando llegara un famoso. Accedía porque pensaba que no hacía daño a nadie y encima se sacaba un dinero. Los servicios de inteligencia vieron, por tanto, que era una persona a la que se la podía convencer para ciertas cosas, de modo que no era un agente pero sí que hacía trabajos para ellos. Con Diana y Dodi no sospechó nada. Le dieron 12.000 euros para que cogiese la ruta más larga entre el hotel y el apartamento. Todavía llevaba el dinero en el bolsillo cuando ocurrió el accidente”.

¿Y en qué punto queda la imagen pública de Mohamed Al-Fayed? Tras la investigación de 2008 abandonó la causa asumiendo una derrota pública y soportando un halo forzoso de paranoia.

“Es una persona bastante sensata y cuerda”, afirma la investigadora. “Realizó una investigación por su cuenta porque tenía el dinero para hacerlo y por el dolor que le provocaba la muerte de su hijo. Su gran logro fue conseguir que toda la documentación, en la que gastó más de tres millones de libras, llegase a manos de la justicia. Y Scotland Yard le dio la razón en muchas cosas. Admitieron que no funcionaban las cámaras, que el coche iba a 90 km/h y no a 190, y que se había omitido la existencia de un Fiat 1 implicado, que más tarde apareció calcinado con su conductor dentro. Si hubiera estado loco, nunca se hubieran dado por buenos los documentos”.

Ahora bien, él mismo sabía que iba a ser en vano, tal y como le confesó a Calleja: «Conseguiré que el príncipe de Gales testifique – la policía interrogó durante la investigación de la Corte Suprema y en privado al duque de Edimburgo, a Carlos y William. Pero todo quedará en que fue un accidente de coche».

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