Lorenzo Caprile, tres décadas creando Alta Costura Real.

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En pleno repunte de fama, entrevistamos al modista oficioso de las infantas, al diseñador preferido de las novias de España y al hombre que pudo haber sido el costurero particular de Letizia.

Por Mariola Montosa desde Madrid.

Sábado, 14 de mayo de 2004. En el exterior de la catedral de Copenhague, la alfombra roja se despliega para dar la bienvenida a los invitados a la boda de Federico de Dinamarca y Mary Donaldson. Los fotógrafos aguardan impacientes una llegada muy especial: la de Letizia Ortiz Rocasolano, la prometida del entonces príncipe Felipe. La cita danesa es su presentación oficial en la corte europea y el pistoletazo de salida para su propio enlace, que se celebrará justo una semana después.

La avispada periodista sabe que todos estarán pendientes de ella y por ello se esmera en conseguir, ya no el aprobado, sino la matrícula de honor. Sólo así se explica su entrada triunfal, propia de una estrella del Hollywood dorado: paso firme, labios rojos, sonrisa deslumbrante, ondas laterales en el cabello y un vestido de corte sirena, con escote drapeado y mangas superpuestas de gasa. De color rojo fuego.

Letizia con vestido rojo de lorenzo caprile en la boda de federico de dinamarca

¿Quién es el autor del vestido? Se preguntan los periodistas que deben mandar las crónicas en cuestión de minutos. La respuesta: Lorenzo Caprile. Un modista español emparentado con la Familia Real. El responsable del corpiño floreado de seda y la falda entallada, también roja, que Letizia lució en el Teatro Real la noche anterior. Y el mismo que la vestirá para su propia cena de gala en siete días.

A lo largo de estos catorce años, hemos visto a Letizia con más diseños suyos, con prendas de grandes marcas y con atuendos muy impactantes, pero existe la opinión general de que aquel sigue siendo su mejor look hasta la fecha, y, sobre todo, de que no hay color que mejor le siente que el rojo Caprile.

Letizia llegó recomendada por sus cuñadas, las cuales son clientas y amigas de toda la vida. Tras el éxito de Dinamarca, todos daban por hecho que Caprile se convertiría en su modista de cámara. Pero finalmente fue Felipe Varela quien obtuvo el cargo. Dice la leyenda que la culpa fue del vestido plateado que lució el día antes de su boda. O mejor dicho, las dos transformaciones a las que la hoy monarca consorte lo sometió posteriormente. A la Reina siempre le ha gustado reciclar sus trajes metiendo tijera, cosa que podría haber disgustado al autor de la pieza. Caprile achaca, sin darle importancia, la elección de Varela a una decisión de ella.

El rechazo real, sin embargo, no ha afectado a la carrera de Caprile, que sigue la estela de los grandes costureros españoles: Balenciaga, Pertegaz, Pedro Rodríguez o Elio Berhanyer. Pero a diferencia de éstos, no crea colecciones ni organiza desfiles. Lo suyo son las pruebas a puerta cerrada en su taller del decimonónico barrio de Salamanca, donde nació, donde vive y de donde proceden muchas de sus clientas.

Allí, en la primera planta de un edificio en el que su nombre no figura en ninguna parte, se mantiene fiel a sí mismo y a su estilo clasicón, como él mismo lo define. Si bien es capaz de coser patrones más atrevidos, como el vestido cut-out de la actriz Nathalie Poza en los premios Goya de 2014. O proyectos más carnavalescos como algunos de los que entrevemos en la antesala de espera.

A sus 50 años se erige, además, como todo un personaje. Por su decisión de vivir en un hotel, por su rechazo a los teléfonos actuales y su cruzada contra los anglicismos (no soporta la palabra diseñador – “es una mala traducción de fashion designer”), si bien luego soltará más de un prêt-à-porter.

El año pasado festejó los 25 años al frente de su taller. Un cuarto de siglo en el que pronto alcanzó la fama ya que la apertura coincidió con el encargo del traje de novia de Carla Royo-Villanova para su boda con el príncipe Kubrat de Bulgaria. Luego vino el aclamado vestido nupcial de la infanta Cristina, su contribución a la etapa de la infanta Elena como una de las mujeres más elegantes de España, el traje rojo de Letizia y el blanco de Margot Robbie para su boda con Leonardo DiCaprio en el filme The Wolf of Wall Street.

Modista de alto copete

Caprile ha vestido a toda la beauty people del país. Tanto a actrices – Aitana Sánchez Gijón, Cayetana Guillén Cuervo y un largo etcétera – como a muchas novias, madres y madrinas de la alta sociedad española. Y ya es una tradición descubrir el vestido diseñado para la presentadora de televisión Anne Igartiburo en la retransmisión de las campanadas de Año Nuevo para TVE. O mejor dicho, la propuesta de ese año para el rojo Caprile.

Lorenzo Caprile y Valentino son los únicos diseñadores que pueden presumir de contar con su propio tono de carmín. Durante nuestro encuentro le preguntamos qué sabe él de este color que otros diseñadores no conozcan: “No sé nada más. Lo único es que es un color muy español y que favorece en general a todas las mujeres. Sobre todo a la española, por su tono de cabello y de piel”. Otra de sus señas es la recuperación del corpiño como prenda visible. “Resaltan muy bien la silueta de la mujer y, en el caso de que haya que trucar algo, te ayudan a moldearla”.

En los últimos años el foco mediático se ha desplazado hacía otros diseñadores españoles, pero su consistencia en la profesión ha sido premiada recientemente con la Medalla de Oro al Mérito en las Bellas Artes. Y con un regalo sorpresa: volver a estar en boga tras formar parte del jurado en un reality televisivo dedicado a la moda.

El programa llegó a su fin hace unos días, de modo que cabría esperar a un Caprile ya más relajado. Tiene además fama de simpático y es muy querido en los círculos del famoseo. Pero a las 9.30 horas de un jueves, con sabor a lunes tras un largo puente en Madrid, quizás no es un buen momento para entrevistar al modista, que se muestra impaciente por despachar la agenda de esa mañana. Tal vez sea porque con el primer día laboral de mayo comienza la temporada alta de las BBC’s (bodas, bautizos y comuniones). De hecho, cuando le preguntamos sus planes para los próximos 25 años, lo reduce a “llegar sanos y salvos [a octubre], con las clientas satisfechas y con todo entregado a tiempo. Luego, ya veremos”.

Las bodas de la flor y nata son las que mantienen el taller actualmente. “Esa clienta que te encargaba un abriguito, una traje de chaqueta, un vestidito de algodón para ir a la playa… Eso ya pertenece a los museos”. Y vaticina, mientras enciende un cigarro detrás de otro sentado en la silla de su escritorio: “El día que las bodas se dejen de celebrar como se hace en España, la modistería tradicional terminará”.

De hecho, su consejo para los jóvenes diseñadores es que cambien de profesión. “La industria de la moda es de las más duras y mezquinas. Al final todo son números. Y vales lo que vale tu última colección. En el momento en que pinches, se acabó. Y si no, que se lo digan a Galliano”.

Es por ello que nunca ha salido de su taller. “Hacer un desfile es relativamente fácil. Pero si quieres que tenga un recorrido, necesitas una infraestructura y un colchón económico que yo no tengo porque nunca me ha gustado pedir favores ni tener socios”. Caprile procede de una familia de empresarios pero en alguna ocasión ha dicho que su padre no le prestó dinero para montar el taller. Ahora bien, supo aprovechar su posición social: estudios en Nueva York y Florencia, estar en el lugar y el momento indicado, y conocer a las personas adecuadas.

_Caras: ¿Cuánto de su éxito le debe al vestido de Carla Royo y al de la infanta Cristina?

_Lorenzo Caprile. A la boda de Carla le debo que hoy estemos aquí porque fue muy mediática. Además, en aquellos años las bodas no estaban patrocinadas y si la novia te elegía a ti, lo hacía porque confiaba en tu trabajo. La de doña Cristina fue una confirmación y el hacerte más popular. Pero no supuso un incremento espectacular en las ventas.

Caprile, de madre italiana, conoce a las Infantas desde que eran jóvenes ya que una hermana suya es amiga íntima de ellas. Con los años, él también entró en el círculo. De hecho, acudió al juicio del caso Nóos para apoyar a Cristina. “Estar al lado de personas como ella en los momentos buenos es muy fácil. Pero cuando las cosas vienen mal dadas no se puede desaparecer”, ha dicho al respecto.

Su fidelidad hacia ellas es máxima. Cuando le preguntamos que le inspiró a diseñar el vestido goyesco de Elena para la boda de Victoria de Suecia–una autentica pieza de Alta Costura–responde: “Eso nunca lo contesto. Forma parte del secreto profesional”, si bien luego añadirá: “Aparte de que tampoco me acuerdo”.

En cuanto a Letizia, la Reina ha seguido luciendo diseños suyos en las grandes ocasiones. Ella también sabe que el rojo Caprile es el color que mejor le sienta. Él, por su parte siempre se ha mostrado a su disposición. Esta mañana tampoco está dispuesto a hablar de ella. Lo percatamos al preguntarle su opinión sobre las royals que siguen la moda, usando como ejemplo el total look de la soberana española en la última edición de Arco. “Si lo vas a enfocar en doña Letizia, prefiero…”, no termina la frase porque rápidamente ponemos otro ejemplo: Carolina y sus Chaneles en los bailes de Mónaco. Entonces sí que responde: “Las mujeres de la realeza también son seres humanos y por tanto tienen derecho a experimentar y a jugar con la moda”.

Considerado un maestro del estilo, es preciso pedirle que lo defina. “Para mí es la inteligencia natural de saber adaptar a tus necesidades, tu físico y tu vida social lo que ofrecen las tendencias, el mundo influencer e Instagram”.

Pese a su clasicismo, siempre se ha mostrado abierto y en contacto con la calle. Por ello no critica el papel de las nueva hornada de famosas que viven de la ropa con la que se fotografían. Incluso cose para alguna de ellas. Lo que sí lamenta es la pérdida de estilo. “Es muy paradójico que, ahora que hay incluso hasta un exceso y una intoxicación sobre moda, todos vistamos iguales. No peor, pero sí uniformados”.

Salva, temporalmente, a la mujer latinoamericana. “Creo que aún hay unos códigos muy concretos sobre lo que es masculino y femenino. Y cuando tiene una cena o un cóctel, todavía tiene la preocupación de arreglarse, cosa que en Europa se ha ido perdiendo”.

Se libran también las musas que cuelgan en el mural de su despacho. Las imágenes de Elizabeth Taylor y de varias mujeres retratadas por Goya se mezclan con bellos paisajes de campo y el cuadro original de la In-fanta de naranja, una obra del pintor Felipe de Juan inspirada en la figura universal de las hijas de los monarcas españoles y cuyo título es un juego de palabras con la conocida marca de refrescos. Según ha contado el modista, siempre que Elena visita el taller, se echa a reír al contemplar el retrato.

Diminuto y atiborrado de múltiples objetos, nos preguntamos qué otras conversaciones se habrán dado en esta habitación. Aquí es donde nace la magia con la clienta. “A veces todo sale maravillosamente bien y otras veces no hay química y es un desastre. Como en cualquier relación humana”, sentencia.

FIN

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